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Bibliotecas medievales, parte I

Los monasterios, sus bibliotecas y su labor de conservación de la cultura.


Aunque se suele asociar la Edad Media con un concepto de ignorancia y violencia, lo cierto es que existió entre las clases pudientes un respeto por la cultura que permitió la supervivencia de buena parte de ésta (aunque fuese a menudo a través de copias poco fiables y mediante cauces tortuosos) a pesar de las guerras, las purgas políticas y religiosas y el analfabetismo generalizado. En esta preservación jugaron un papel esencial las bibliotecas tanto públicas como privadas, una fuente de información que sin duda los investigadores medievales habrán de consultar a menudo.

A continuación se analizan someramente los diversos tipos de bibliotecas y los fondos que se podría esperar encontrar en ellas.

Bibliotecas Monásticas

Las bibliotecas de los monasterios fueron esenciales para la conservación de la cultura occidental a lo largo de toda la Alta Edad Media y buena parte de la Baja. Durante esos siglos, casi todo el saber heredado de la época previa residió en los monasterios, que a su vez ejercieron un eficaz filtro que separó lo sacro de lo profano y en muchos casos condenó a este último a la desaparición.

Errores en la copia

Es importante recordar que no existe la copia perfecta; todas incluyen errores (o bien modificaciones voluntarias) del texto original, y a menudo es necesario comparar diversas versiones o basarse en referencias para deducir lo que decía en un principio. Los errores son, desde luego, acumulativos con las sucesivas copias a no ser que un erudito se haya dedicado a recuperar o deducir lo que escribió el autor original. Por lo común, cuanto menos sepa de un tema o idioma el copista, o más alejado le pille el entorno geográfico o temporal, peor será la calidad de su copia.

En general, los errores se clasifican en los siguientes tipos:

  • Repetición (ditografía y duplografía) de letras, sílabas o palabras enteras, por error involuntario.
  • Supresión (haplografía o homoioteleuton) de letras, palabras o párrafos enteros, ya sea por despiste en la copia o por no considerarse pertitentes o adecuados.
  • Alteración, se cambia el orden de sílabas o palabras.
  • Sustitución, el copista cambia una palabra o frase por falta de comprensión o por considerar que así resulta más clara.

Reglas

Las actividades de lectura, copia y préstamo de libros que tenían lugar en cada monasterio venían ante todo marcadas por la normativa que rigiera el mismo. Prácticamente todas las reglas monásticas incluían indicaciones al respecto, que en algunos casos alcanzaban una auténtica devoción por la letra escrita y en otros la limitaban a un simple recurso para que los monjes no cayeran en la ociosidad cuando el trabajo manual resultara impracticable.

En la Península Ibérica, los primeros monasterios fueron fundados por religiosos mozárabes, de amplia cultura, venidos al norte huyendo de la dominación musulmana y que recogían la enorme influencia de San Isidoro de Sevilla y su Regula monachorum. Estos monasterios datan de los siglos VIII y IX, como pueden ser los de Samos, San Cosme o San Miguel de la Escalada, y en sus textos se usaba todavía la letra visigoda y el texto en dos o tres columnas. Durante la Reconquista, los reyes hispanos fomentaron (o incluso patrocinaron económicamente) la fundación de nuevos monasterios en las tierras recuperadas, como pueda ser Silos. En la Marca Hispánica (zona del norte de Cataluña) destacaban los monasterios de Ripoll y San Cugat, cuyas bibliotecas monacales se contaban entre las más importantes de Europa.

Con el paso de los siglos se impuso en los monasterios, y de forma casi universal, la regla que San Benito de Nursia había creado en el siglo VI al fundar el de Montecasino (el cual, tras sufrir diversos ataques y desastres, llegó a poseer una de las bibliotecas más importantes de la Edad Media hasta ser destruido, en 1349, por un terremoto). En su regla se contempla la lectura como medio de mejorar el espíritu; ésta ha de seguir unos horarios definidos y puede ser individual o colectiva (en cuyo caso un monje lee en voz alta mientras los demás reflexionan sobre el texto).

Posteriormente varias reformas afectaron al canon benedictino, como la cluniacense (cuya sede, Cluny, fue fundada en el 919 y llegó a poseer en la Edad Media la mayor biblioteca de toda Francia), con la que se buscaba independizar la orden de la influencia de los señores feudales. A su vez, la reforma cisterciense (1098) impone una nueva austeridad, por la cual los libros no deben adoptar un excesivo lujo ni caer en el uso del oro o de las tintas de colores. Dentro de esta corriente monástica destacaron las bibliotecas de la sede, Cîteaux (con unos mil doscientos códices) y la de Claraval (mil setecientos). A partir del siglo XI, la influencia de Cluny sobre los monasterios españoles es apoyada por los monarcas (los navarros en primer lugar) para fomentar la unidad religosa, lo que marca el fin del rito mozárabe en el norte de la península.

Un caso particular es el de los monasterios cartujos, que debido a su recogimiento, silencio y vida contemplativa, dedicaban mucho esfuerzo a la copia de libros como medio de predicación. Admirados por la nobleza, alcanzaron su época de mayor esplendor religioso y artístico en el siglo XIV. En España destacan los de Miraflores y el Paular.

Marcapáginas

Los marcapáginas son casi tan antiguos como los libros y, aparte de dar un toque de autenticidad a una partida, son un buen modo de indicar un párrafo importante sin necesidad de leer todo el manuscrito. En la Edad Media no sólo se usaban para marcar por dónde se había quedado el lector, sino que también eran usados por los copistas en su tarea y por los superiores eclesiásticos para indicar las lecturas más oportunas del libro.

En esta época distinguimos tres tipos básicos de marcapáginas creados para tal misión. El primero, el de registro, era una simple tira de vitela, cuero o cordel, fijada a la parte superior de la encuadernación del lomo y con un nudo en su extremo, como aún se ve en los libros elegantes de la actualidad. Para indicar la columna que se quería destacar, al extremo de la tira se solían fijar dos ruedas de pergamino, la inferior con numerales I – IIII y la superior con una abertura recortada que se giraba para indicar la columna.

Otro tipo, portátil y más común, era el de un trozo de vitela enrollada de la que colgaban varios cordeles (de lino, por ejemplo) fijados a ella. Así, con uno solo de estos artilugios se podían marcar diversas páginas. Por último, cuando la marca había de ser permanente se fijaba al libro, ya fuera cosida o pegada burdamente al borde exterior de la página, o incluso cortando en parte una tira de la propia página y pasándola por otro corte de la parte superior.

Por supuesto, también se usaban de marcapáginas objetos no pensados expresamente para ello, como ramitas, pajas, hojas de plantas y a menudo trozos de pergamino con algún texto manuscrito donde el lector o copista apuntaba algún aspecto que consideraba importante.

Marcapáginas de finales del s.XV.

Contenido

Los textos de una biblioteca monástica se dividían por una parte en literarios (religiosos en su gran mayoría; nos ocuparemos de ellos un poco más adelante) y por otra en administrativos: en ellos se consignaban las propiedades y riquezas del monasterio, los pleitos y concesiones, etc. Estos textos eran de gran importancia para la abadía y se conservaban en voluminosos tomos llamados cartularios, tumbos o libros becerros. Si la biblioteca alcanzaba un tamaño considerable, estos tomos administrativos podían guardarse en una sala independiente y su responsable no tenía por qué ser el mismo que el de la biblioteca.

Los fondos de lo que comúnmente entendemos como biblioteca estaban compuestos, casi en su totalidad, por libros religiosos. Obviamente destacaban las ediciones de la Biblia (llamada en la época «Libros Sagrados») en grandes y lujosos tomos, seguidos de los textos conciliares y litúrgicos (correspondiente a la liturgia hispana o mozárabe y, a partir del S. XI, la romana), las obras de los padres de la Iglesia como San Agustín o San Jerónimo, de los maestros medievales como San Isidoro o Beda el Venerable, en ocasiones las de los padres de la Iglesia Oriental, y también de otros santos de la región en la que estuviera emplazado el monasterio (en la Península estaba muy extendido el comentario del Apocalipsis del Beato de Liébana).

Estos tomos solían poseer un valor material además (y a veces por encima) del cultural y, si habían pertenecido a algún santo, solían guardarse en los altares como si fueran reliquias. También se usaban extensamente las compilaciones sueltas de algunos libros de la Biblia (a menudo comentados) y las versiones sencillas de las vidas de santos, ya que estos libros eran más cómodos y útiles para la consulta cotidiana.

Aparte de la literatura religiosa, una biblioteca monacal bien surtida solía disponer de los compendios de normas de la orden, leyes canónicas, algunos textos de enseñanza (gramática, música, matemáticas e incluso medicina) y obras de carácter histórico.

En estas colecciones podía haber, en ocasiones, obras de algún autor clásico que se considerara modelo de expresión literaria, pero en general la literatura pagana o laica se fue perdiendo a partir del siglo IV, ya que no se consideraba digna de copia. Esos textos desaparecían cuando se descomponían los antiguos rollos de pergamino que los contenían (y que tenían una vida media de unos doscientos años), sin que nadie los hubiera transcrito antes a un moderno códice.

Obviamente tampoco se conservaban textos heréticos y, en todo caso, el estudioso había de basarse en los informes inquisitoriales sobre dichas herejías, a menudo parciales y sesgados.

En casos excepcionales la biblioteca podía contener volúmenes científicos. Es el caso de Ripoll, que actuó de puente en el paso de la ciencia árabe a Europa y que llegó a rivalizar con Toledo.

En general, las bibliotecas monásticas en la Península Ibérica rara vez superaban los doscientos cincuenta títulos, por supuesto en latín (mientras que en Europa llegaron a alcanzar el medio millar y a veces contenían obras en lengua vernácula). Para muchos de estos textos se diponía de varias copias para evitar su pérdida o deterioro y atender las necesidades de una comunidad creciente de monjes.

Es importante comprender que la mayor o menor extensión de la biblioteca monástica, así como su estado de conservación, dependía en exclusiva de la voluntad de los abades o bibliotecarios que, personalmente, se dedicaran al enriquecimiento de su colección (en algunos casos incluso con las obras de escritores paganos). Estos esfuerzos no siempre eran apreciados por sus sucesores, que tendían a arrinconar o incluso relegar al olvido los códices menos ortodoxos de sus armarios. El paso del tiempo podía causar estragos en estos textos abandonados, pero por otro lado era muy raro que se destruyeran ex profeso debido al respeto y consideración que se tenía por los libros como garantes de la antigua cultura. Incluso en periodos de fervor religioso, más de un bibliotecario cambió el título y el autor de un tomo heterodoxo para salvarlo de la hoguera. Así, a comienzos del Renacimiento los buscadores de libros que husmeaban por viejos monasterios solían hallar textos que se creían perdidos y que los propios monjes no consideraban relevantes o dignos de conservación.



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Solomon Kane
11-02-2011 11:45

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Entropía, por casualidad...¿eres licenciado en Historia? es que alucino con tus artículos. Podrías escribir uno que tratase sobre cómo documentarse para escribir artículos así.

Neddam Bibliotecario
11-02-2011 11:52

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¿Has oido el dicho "aprendiz de todo, maestro de nada"? Pues Entro es la excepción que confirma la regla, el tio toca todos los palos con un rigor alucinante, por eso digo que humano no puede ser... yo apostaría a que es Yithiano.

Solomon Kane
11-02-2011 11:57

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Si lo digo porque yo sí soy licenciado en Historia y cada vez que le echo un vistazo a un artículo suyo me siento avergonzado de lo poco que sé, de hecho no sé de dónde (de libros claro, pero...¿cuáles?)saca tanta información.

Entropía Bibliotecario
11-02-2011 12:52

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Los gules tenemos la capacidad de asimilar los recuerdos de los cerebros que devoramos. Para estos artículos, me basta encontrar a la persona con los conocimientos adecuados y ponerle un poco de sal y pimienta .

No, no tengo estudios de historia ni mucho menos. Estoy seguro de que hay muchos fallos, es cuestión de dismularlos .

Saludos,

Entro

Neddam Bibliotecario
11-02-2011 12:58

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¡Por eso llevo tanto tiempo por aquí! ¡Mi cerebro no tiene ningún tipo de interés para Entro! Fijaros como a lo largo del tiempo han ido pasando por aquí muchos cracks que, sin razón aparente, han dejado de postear de un día para otro...

Entropía Bibliotecario
11-02-2011 13:01

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Tal como dijo Neddam:

Fijaros como a lo largo del tiempo han ido pasando por aquí muchos cracks que, sin razón aparente, han dejado de postear de un día para otro...

Sí, se les echa de menos. Pero siempre llevaremos en nuestro interior una parte de ellos...

Ejem...

Saludos,

Entro

berger
11-02-2011 14:04

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¡Yo también estoy a salvo Neddam! Por suerte mi cabeza sólo contiene unos cuantos datos dispersos, sin ningún tipo de interés.

¡Lo sorprendente es que no se haya zampado a Phlegm!

Saludos,

Berger

Neddam Bibliotecario
11-02-2011 16:24

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Creo que a Phlegm y a Esculapio los necesita para el podcast...

Misne Bibliotecario
11-02-2011 16:55

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Tal como dijo Solomon Kane:

de hecho no sé de dónde (de libros claro, pero...¿cuáles?)saca tanta información.

Por si te interesa mucho... si vas a Ayudas de juego - Historia - Bibliotecas medievales, o simplemente subes un nivel en el artículo (en la columna de la derecha en Navegación-Bibliotecas medievales) vas al artículo principal, donde aparece la bibliografía en que se ha basado para los artículos sobre bibliotecas medievales

Saludos,

Misne

Solomon Kane
11-02-2011 18:11

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Sí, lo he visto, muchos de esos libros sólo se pueden consultar en bibliotecas porque están descatalogados desde hace tiempo, menudo currazo. Pero me refería a los artículos en general, por ejemplo Europa en los años 20 es una serie con una documentación increíble, hasta detalla cementerios del lugar... es que alucino.

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