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Bibliotecas medievales, parte II

Bibliotecas monacales y catedralicias.


La biblioteca y el escritorio

Se solía considerar al bibliotecario (librarium) la segunda persona más importante del monasterio, sólo por debajo del abad, de quien dependía directamente. Podía encargarse tambén del escritorio y del coro, y se responsabilizaba de la conservación de los textos necesarios, su copia y su exactitud, así como la elección de los textos para lectura en común, los préstamos, etc.


Armario en monasterio.

Su labor tenía gran trascendencia. Para la orden era esencial garantizar el flujo de libros, tanto fundacionales como los que después se necesitaran para ampliar o mejorar la biblioteca. Puesto que el comercio de libros como tal no existía, el préstamo y la copia eran el mecanismo habitual para acrecentar fondos, aunque tambien se producían donaciones de fieles o nobles (laicos o eclesiásticos que eran así incluidos en libro de donativos, liber daticus), legados y la ocasional incorporación de textos que traía un monje de sus peregrinaciones por tierras lejanas.

Los préstamos de libros solían hacerse, en los monasterios benedictinos, bajo fianza o a cambio de otro libro de igual valor. Las órdenes mendicantes, cuyos frailes viajaban a menudo, valoraban mucho más el libre préstamo y se dejaban los libros entre ellos sin contrapartida. Muestra de la importancia de los préstamos es que, en 1212, el Concilio de París condenara a los monasterios que aún se negaban a realizarlos.

Ilustraciones

Los códices solían estar iluminados con ilustraciones de fuerte colorido, cuyo objetivo era servir de complemento al texto: hacerlo más comprensible dibujando las escenas narradas, mostrando los retratos de los autores, aportando esquemas o árboles genealógicos, etc. También se recurría a la ilustración para decorar las letras capitulares y los títulos con motivos abstractos, vegetales o antropomórficos, y en estos casos otro de sus cometidos era, a falta de índices, facilitar la localización del capítulo buscado.

En la iluminación trabajaba por lo general todo un equipo de monjes, cada uno encargado de un aspecto en particular: diseño, colores, entintado, filigranas, etc. Actuaban bajo la supervisión de un maestro, que a su vez solía seguir las instrucciones que había dejado el escriba en los espacios para las ilustraciones.

Las escuelas de ilustración propias de la Península fueron la visigótica (destacable por sus representaciones del ser humano) y la mozárabe, influida por los gustos orientales y que perduró hasta finales del siglo XI y principios del XII. Entre los manuscritos mozárabes destacan los Beatos de Liébana, repletos de miniaturas (llamadas así por el uso del minio como coloración) de impresionante expresividad. En estos códices prerrománicos españoles es habitual que en la primera página aparezca representada la Cruz de Oviedo, y muestran influencias carolingias y orientales.

Con la llegada del románico en la segunda mitad del siglo XI, se impuso el estilo francés simbolizado por Cluny, reconocible por la iluminación de iniciales, orlas con motivos vegetales e ilustraciones ornamentales por lo general alejadas del texto (y en ocasiones hasta profanas, como los animales fantásticos y monstruosos). Por el contrario, la figura humana aparece muy esquematizada. La reforma del Císter, a comienzos del siglo XII, comporta un nuevo cambio de estilo, ahora más austero; se abandona la exhuberancia ornamental y no se suele permitir la representación de figuras. Las letras son monocromas, con las iniciales azules. Un buen ejemplo son las obras del monasterio de las Huelgas, en Burgos.

La progresiva secularización del mundo del libro en los siglos XIII y XIV alcanza también a la iluminación, que puede ser producida en talleres laicos o en los propios scriptoria pero por encargo de un noble. En consecuencia, la ilustración crece en realismo e incluye símbolos heráldicos, y abarca también crónicas históricas y obras literarias. En Castilla destaca la iluminación patrocinada por Alfonso X a mediados del siglo XIII, como los ejemplares de las Cantigas o el Libro de los Juegos. En la Corona de Aragón se extiende un gran periodo gótico con obras como el Libro de los Privilegios de Mallorca o el Misal de Sta. Eulalia.

Miniatura del Beato de Liébana de San Millán de la Cogolla.

Los libros se guardaban en armarios (en ocasiones cabían todos en uno solo, por lo que la biblioteca se llamaba simplemente armarium) y, hasta los siglos XII y XIII, no fue habitual destinar una sala específica para almacenarlos. Así, los armaria podían hallarse en el escritorio, la iglesia o el claustro, o incluso en un pasillo. Cerca podía haber asientos y alguna mesa para la copia y lectura, aunque estas actividades se recogían, en los monasterios importantes, en el scriptorium. Por supuesto, el acceso a la biblioteca no era público, sino que estaba reservado a los miembros de la orden y otros visitantes eclesiásticos.

El escritorio estaba dedicado a la copia a mano de los libros y de él procedían la mayoría de los fondos de la biblioteca. Hay que tener presente que en los monasterios prácticamente no se escribía nada nuevo, sólo se copiaba, y casi todos tenían los mismos códices. El concepto monacal de la cultura era de conservación, nunca de progreso. Pese a todo, en ocasiones se aceptaban encargos procedentes del exterior (generalmente por parte de un noble) para preparar lujosas copias de textos mucho menos ortodoxos.

Copiar un libro era un proceso lento y muy caro, al que un monje especializado podía dedicar meses e incluso años (se calcula que un copista podía preparar de tres a seis folios diarios). A menudo se juntaban varios textos, por lo que un códice podía contener más de una obra (o libri), de modo que el número total de volúmenes resulta engañoso, o se raspaba un texto previo para aprovechar el papel para otra obra (palimpsesto), fenómeno habitual entre los siglos VII y IX por la escasez de pergamino.

Al final del texto, el copista añadía el colofón, que solía comenzar con la expresión «explicitus est» y donde recogía el título del libro, su propio nombre y dónde y para quién había realizado la copia. El título podía recogerse también al principio del libro, junto a un resumen de las materias que trataba y el «hic incipit».

La actividad de los scriptoria (y con ella la de sus bibliotecas) declinó a partir del siglo XIII a causa de la competencia de las copisterías laicas y las bibliotecas urbanas. Aunque hubo excepciones y algunas incluso crecieron en importancia, como la de Santa María de la Huerta o la de Poblet, adonde legó su colección Martín el Humano, en general llevaban una vida lánguida, donde escaseaba la copia de libros y no se renovaba la colección.

Escuelas catedralicias

Durante la Baja Edad Media, las antiguas sedes episcopales comenzaron a recobrar su importancia, perdida en la Península desde la época visigoda y en otras regiones europeas desde la dominación romana o el renacimiento carolingio. Este resurgimiento tuvo lugar cuando las ciudades que las acogían crecieron y se enriquecieron gracias al comercio, y se convirtieron de nuevo en centros culturales pero aún en manos eclesiásticas: la vida urbana resucitada de los siglos XI y XII trajo consigo las nuevas e imponentes catedrales, símbolos de fe y prosperidad.

Las catedrales tenían escuela, una pequeña biblioteca e incluso escritorio, y en esto se distinguían poco de los monasterios rurales. Es en el aspecto docente donde se van a producir las diferencias, motivadas por una inquietud intelectual urbana que chocaba con la mera preservación de la cultura pretérita, actitud propia de las reglas monásticas. Las escuelas catedralicias atraen gran cantidad de estudiantes gracias a la admiración que despiertan ciertos profesores, a menudo laicos, que imparten allí clases. Son la antesala de las futuras universidades del siglo XIII.

En las escuelas episcopales se estudian las artes liberales (trivium y quadrivium), seguidas de las disciplinas eclesiásticas: teología, apologética, sagradas escrituras y derecho. Pese a estar encuadradas dentro de la Iglesia, comienza a apreciarse la cultura laica por influencia de los textos que llegan desde las bibliotecas árabes y bizantinas, gracias a los cuales se reintroducen en Europa los autores clásicos. Se aprecia una creciente búsqueda de la verdad racional (lógica, filosofía...).

Todo ello produce fuertes cambios en el mundo del libro. Ahora no todos los textos son obras de arte, puesto que se necesitan para el estudio y por ello deben ser fácilmente reproducibles, más baratos para que los estudiantes puedan permitírselos y reemplazables cuando el uso acabe con ellos. Y por otro lado, las temáticas se amplían: aparecen tratados de materias como la botánica, las matemáticas, el derecho o la medicina.

En la Península destacan las escuelas catedralicias de Palencia (donde dio clase Ugolino de Sesso y estudió Santo Domingo de Guzmán) y Lérida. En Europa las de París, Reims, Oxford, Leipzig, Pisa o Siena.

Biblioteca Vaticana

Aunque la Biblioteca Vaticana propiamente dicha se fundó en el siglo XV, sus orígenes datan al menos del siglo V, cuando dan comienzo sus actividades en el palacio de Letrán, residencia de los papas. De allí salieron numerosas donaciones dirigidas a toda Europa para apoyar la evangelización y la fundación de monasterios, y en su edificio los peregrinos llegados a Roma podían consultar y copiar las obras para regresar con ellas a sus tierras.

En el siglo XIII, buena parte de la biblioteca laterana se destruyó por causas desconocidas (podría haberse tratado de un incendio; no sería el último). A la biblioteca refundada se la llamó bonifatiana, en honor de Bonifacio VIII, y llegó a tener más de cuatrocientos códices.

Durante el siglo siguiente, el que nos compete aquí, la historia de la biblioteca sufre diversos avatares. Con el traslado de la sede papal a Aviñón (actual Francia, entonces territorio de Nápoles) a comienzos de siglo, se traslada tambien la biblioteca pontificia; el palacio de Letrán queda abandonado, y en 1307 y 1361 sufre graves incendios.

En Aviñón se organiza de nuevo la biblioteca pontificia, la aveionensis. Se encontraba en el propio palacio, en la Torre de los Ángeles, y llegó a tener unos dos mil volúmenes, algo que ninguna otra igualó en su época. Allí estuvo hasta la década de 1370, cuando el Cisma de Occidente provocó que los fondos se dispersaran entre Roma y Aviñón, e incluso muchos marcharon a Peñíscola a finales de siglo, acompañando a Benedicto XIII, el Papa Luna.

Refundación de la Biblioteca Vaticana, 2ª mitad S.XV

Bibliotecas catedralicias

Estas escuelas episcopales habían crecido en torno a la biblioteca de la catedral, que a su vez tuvo que evolucionar para hacer frente a la nueva demanda de libros y a un uso intensivo.

Inicialmente, y de modo parejo a los monasterios, no existía una estancia dedicada a la biblioteca y los libros se leían junto a los armarios donde se guardaban, en el claustro, o estaban repartidos por varias salas. Al crecer las colecciones hubo que destinar para ellas una sala específica, de planta normalmente alargada, con numerosas ventanas pequeñas y pupitres o bancos junto a las paredes.

Debido al peligro de incendio, estaba prohibida la iluminación artificial; sólo se podía leer con la que entraba por las ventanas. Los tomos solían estar agrupados por temáticas y estaban asegurados con cadenas a una barra, junto a su correspondiente pupitre.

Los libros se podían consultar y retirar en préstamo bajo fianza. Aunque el hecho de que tuvieran pocos y muy valiosos volúmenes provocaba que el acceso a ellos estuviera muy restringido, estas bibliotecas poseían cierto afán de apertura a la ciudadanía que era por completo novedoso.

En Europa destacaron las de París y Chartres (esta poseyó una de las bibliotecas más importantes del continente, con gran cantidad de traducciones del árabe realizadas en España).

Dentro de la Península Ibérica, inicialmente las más importantes se encontraban en al-Andalus, por influencia de las bibliotecas musulmanas. Así destacaban las de Toledo, Córdoba y Sevilla. Posteriormente, los centros culturales derivaron al norte junto a la emigración mozárabe: Oviedo, León, Santiago, Pamplona o Urgel. Sin embargo, la de Toledo ocupó siempre un puesto de privilegio por ser catedral primada de la iglesia española, y su biblioteca se mantuvo activa desde el periodo visigodo. Allí llegaron las obras de muchos centros andaluces. Ya durante la época cristiana, sus fondos permitieron la labor de la Escuela de Traductores de Toledo, en los siglos XII y XIII.

Las bibliotecas catedralicias crecieron en las postrimerías de la Edad Media gracias a los donativos de autoridades eclesiásticas o seglares, hechos con el objetivo de que otras personas pudieran utilizar los fondos literarios que ellos habían acumulado. Estas bibliotecas no eran por lo general ser tan vastas como las de un monasterio importante, pero entre sus textos, además de los de culto (a menudo muy lujosos y guardados en la sacristía o cerca del altar) había otros teológicos y destinados a la enseñanza, obras literarias clásicas y medievales, recopilaciones legales y algunos tratados científicos.

Obviamente en sus textos imperaba el latín, aunque contaban ya con algunos códices en lenguas vulgares y muy pocos en griego (sólo en el sur de Italia y Sicilia era posible encontrar numerosos textos en este idioma).



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berger
02-03-2011 22:03

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Tal como dijo Misne:

(...) han hecho una edición limitada en pergamino natural de piel de cordero del Libro de (...)

Pero, Misne! ...¿piel de cordero? Aquí no estamos por estas menudencias; ¡que hagan el Necronomicón con piel humana y entonces estaremos interesados!

Saludos,

Berger

p.d.-Por cierto, si compráis alguno, recordad que estos libros se guardan en posición horizontal; en posición vertical se arrugan las hojas.

Misne Bibliotecario
02-03-2011 22:27

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↕ 23 minutos ↕
Tal como dijo berger:

Pero, Misne! ...¿piel de cordero? Aquí no estamos por estas menudencias; ¡que hagan el Necronomicón con piel humana y entonces estaremos interesados!

Ya, ya... ¿en qué te crees que pensaba al ver las imágenes del catálogo? Imagina una sección del monasterio o un gremio de artesanos dedicado a esas... prácticas... pobres investigadores

Saludos ,

Misne

Entropía Bibliotecario
24-11-2015 10:49

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↕ 4 años ↕

Aquí mostramos reveladoras iluminaciones de códices medievales que no dejarán indifetente al erudito de los Mitos:

(Obra de Robert Altbauer).

Saludos,

Entro

salino
24-11-2015 10:58

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AZ
24-11-2015 11:22

3000 mensajes
↕ 23 minutos ↕

Esto es evidentemente un montaje. No hay dos templarios que lleven el mismo uniforme. United Colors of Benetton ha vuelto a conseguirlo.

Sr.Perro
24-11-2015 13:03

2014 mensajes
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↕ 1 hora ↕

me encantan los frailecillos escondidos tras las piedras o la columna, siendo fieles testigos de los eventos. La cara de los sacerdotes que tratan con los Migo tampoco tiene desperdicio

Akhenathos
24-11-2015 17:37

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Pero... De donde ha salido esto? Me lo dejas usar en mis partidas? Jajajaja

AZ
26-11-2015 02:33

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↕ 1 día ↕

Decididamente, tendría que haberme gastado algun punto en latín:

pero que diablos han subrayado...

Entropía Bibliotecario
26-11-2015 08:30

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Saludos,

Entro

trapalanda
26-11-2015 11:56

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Ohhh..

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